martes, 26 de julio de 2011

La punta del iceberg


Andrea corrió entre el caos que poblaba las calles para alcanzarlo. Fue en vano. Bajo la escultura tiritaban de frío un par de hombres, pero ninguno era él.

            –Otra vez me manda a buzón –dijo con la voz quebrada tras marcar el celular por décima vez. Julieta, su amiga, no contestó nada.
También Andrea calló.
            –¡Mierda! –se quejó Julieta después de un rato–: Tengo agua hasta el culo y este pendejo no llega. ¡Chingadamadre! ¿Nos podemos ir ya?
Andrea le lanzó una mirada reprobatoria.
–Quedamos a las seis y ve la hora que es –le recordó a Julieta, conciliadora. Le hubiera gritado pero también se sentía culpable del granizo que le dejó a su amiga un arañazo rojo en la mejilla.
–Uuuuy, qué mal me siento por haber hecho esperar doce minutos al hijo de puta –ironizó con los ojos en el reloj–. Te aviso, cuando lo vea le meteré un putazo que hasta sus nietos le preguntarán por qué se soba.
–¿Y a él por qué?
–¿Cómo que por qué? Desde que se enteró no ha hecho otra cosa que sacarte la vuelta.
–Sólo ha tenido cosas que hacer –lo disculpó–. Sabes que es un hombre muy ocupado. La escuela, el trabajo…
–Sabes qué, ya cállate, Andrea. No puede ser que estés tan ciega.
Andrea no entendía por qué Julieta estaba tan molesta. Después de todo la culpable de que estuvieran empapadas y que no hubieran llegado a la hora acordada era ella, José no tenía nada que ver.
–Eres muy injusta con él.
–¿Injusta yo? –se indignó la muchacha–. Por suerte eres momentáneamente inmune –aseguró Julieta mirándole el vientre–. Siete meses más y te mostraré lo que es ser injusta, a bola de madrazos.
Siguió silencio. Ya había pasado una hora y José no aparecía. Andrea tenía miedo de que él la castigara con el silencio, justo ahora que más lo necesitaba.
–¿Ya nos podemos ir? –volvió a preguntar Julieta, más calmada, quince minutos más tarde.
¿Y si el camión se atrasó por la lluvia? Esas cosas pasan. El tráfico se pone pesado y…
–Ay no puede ser –exclamó Julieta, incrédula. Hizo un gesto con la mano indicándole que se callara, se abrazó el cuerpo y no dijo más.
Cada vez había más hombres bajo la escultura esperando el cese del agua. Andrea recorrió cada rincón con la mirada por si él estaba ahí, buscándola sin encontrarla.
Nada.
–¡Puta madre! –saltó de nuevo Julieta–. Tengo un pinche frío que no puedo con él. –Cuando el viento arreció, Julieta estaba casi morada y no paraba de temblar–. No puedo creer que estés tan tranquila. Deberías pensar más en ti e irte a dar un baño. Yo como sea, pero a ti, Andrea, te va a hacer daño.
–¿Y si me voy y llega? Va a pensar que no me interesa y esto es muy importante.
–¿Sabes qué? Tú nomás no aprendes. Ahí espéralo si quieres, yo me voy –anunció.
Y así lo hizo.
Casi de inmediato surgió en el interior de Andrea una anguila que le nadó por el cuerpo. Se arrastraba en una corriente de tristeza y, precisamente, se le atoró en el cuello cuando Julieta tomó el taxi hacia su casa.
No supo si las gotas que le bañaban la cara escurrían de su cabello o de sus ojos.
Ya eran las ocho y diez. Ahora la escultura estaba vacía.

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