jueves, 1 de septiembre de 2011

Un día en la vida de... (borrador)

Gloria lo sacó de la bolsa, lo fundió a baño maría, lo vertió en un molde de plástico y lo rellenó con una pasta cremosa; después de haber pasado un par de horas a temperatura ambiente ya podía decirse que existía: un chocolate.

El destino del chocolate relleno sería ser alimento para una chica delgada, obsesionada con los espejos, por lo que Gloria lo hizo ver presentable ese día. Lo envolvió en celofán y le puso un listón rojo. Ya con él en la canasta, se dirigió a casa de la chica delgada, obsesionada con los espejos.

Como todo chocolate, éste detestaba el sol, porque lo deformaba y envejecía; le temía al tiempo porque lo endurecía y ansiaba encontrar su muerte en una boca que le permitiera habitar un cuerpo que no se preocupara del sol ni del tiempo.

Pero como muchos chocolates, no tuvo suerte es día. Gloria, al llegar a su destino, no sólo fue recibida por el mayordomo de la chica delgada, obsesionada con los espejos, sino con la noticia de que ésta había tenido complicaciones el día anterior y había muerto. Gloria perdió la fuerza de las piernas y la sensibilidad de las manos y el chocolate rodó hacia el basto jardín que adornaba la fachada. Gloria, absorta en sus pensamientos, dio media vuelta y recogió sus pasos hasta llegar a su casa, olvidando al chocolate que, para las seis de la tarde, con el sol al cenit de su listón rojo, lo deformó y envejeció dentro de su casa de celofán.

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