miércoles, 17 de agosto de 2011

Las aguas de la sabiduría

Todos sus predecesores comenzaron con un libro; su abuela, con fe en un mundo de etapas tortuosas que finaliza en calma; su padre, con una historia cruenta, con maldad de esa que "sólo ocurre en las novelas", con el alma llena de incredulidad. Él comenzó con El viejo y el mar.

Caminaba a la orilla de un mar violento cuyas aguas revueltas lo llamaban. Pero jamás se acercó, temiendo que ser seducido por su música naval. Un día, curioso, decidió acercarse, y en su descuido, cayó.

Sintió cómo el aire se acompasaba en sus pulmones ante la frialdad

Sumergidos en un mar de palabras no supieron nadar. Las ideas les hinchaban los pulmones, les sacaban el aire, no podían respirar. Entonces como barco salvador apareció una hoja y el remo fue un lápiz.

A fuerza de no pensar para salvar la vida empujaron las letras. Botaban signos al barco, creaban historias, formaban denuncias, gritaban alegrías y dolores que quedaban dentro: los residuos de un mar que los ahogaba.

Uno a uno los caracteres poblaron la nave, ahora las palabras no eran inteligibles y las ideas plasmadas en  oración se habían tergiversado y comunicaban lo que el ocupante no decía.

Trataba de tirarlas del barco, pero era tarde. Por cada una al mar saltaban como peces palabras completas que pesaban, volvían a empaparlo y la hoja, pandeada, comenzaba a ceder a la presión.

Cayó una tormenta y un signo de exclamación perforó por el centro al barco, como una daga. Del poeta no volvimos a saber. Tal es el peso de las palabras

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