Con un suave tirón, cedió el empaque. Enseguida su dulce aroma inundó la cocina. Gloria lo labró con delicadeza aprovechando su estado líquido para moldearlo; sus manos, la herramienta indispensable para llevar a cabo el ritual que le daría vida.
Más que de crema batida, se sentía relleno de júbilo. En algún lugar lo esperaba la boca de una chica delgada, obsesionada con los espejos. Sería especial; lo intuyó al ver cuánto empeño dedicaba Gloria en dejarlo presentable. Después de vestirlo en celofán y anudarle de corbata un listón rojo, lo echó a la canasta de mimbre y emprendieron el viaje al centro, hacia la enorme casa blanca que destacaba sobre las demás.
Azorado y en la sombra, por los orificios de la canasta el chocolate miraba el camino. Como todos los de su especie, le temía al sol, que los deformaba y envejecía; también detestaba al tiempo, por ser un cruel endurecedor de almas dulces, como la suya. El chocolate se sentía afortunado de haber encontrado una boca que le permitiera habitar un cuerpo en el que no habría que preocuparse por el sol o por el tiempo, sin importar que éste fuera el de una chica delgada, obsesionada con los espejos.
Gloria cruzó el jardín que tan bien conocía. Se alisó la falda y repasó su cabello con la mano derecha antes de tocar la aldaba del portal; la chica delgada, obsesionada con los espejos, prometió recibirla; sin embargo, en su lugar apareció el mayordomo. Entre los dos se tejieron palabras tristes que pesaban como el sol y quemaban como el tiempo; el chocolate no entendía la mitad de ellas. Tras larguísimos segundos logró rescatar la voz del mayordomo:
—...la señorita tuvo complicaciones… con su problema... —De nuevo una pausa—. Ella ya no está con nosotros
Gloria perdió la fuerza de las piernas y la sensibilidad de las manos.
El mayordomo, sin más, cerró la puerta.
La canasta rebotó en la escalinata.
Ya no está con nosotros, la escuchó repetir el chocolate mientras rodaba hacia el jardín. Atorado en el pasto, alcanzó a divisar cómo absorta en sus pensamientos la niña daba la media vuelta y recogía sus pasos hacia la calle, lejos de la casa de su mejor amiga.
Para las seis de la tarde, con el sol al cenit de su listón rojo, había sobre el pasto un buen deseo, deformado dentro de su traje de celofán.
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